Margarita ya no tiene una hermosa melena rojiza. Ahora está media calva y oscureció su cabello.
También dejó de usar maquillaje y, olvidándose de los colores, ahora viste de negro.
Su madre piensa que está en una onda rara, participando de una secta o algo así. Su padre la observa dubitativo, pero no emite juicio alguno. Ambos se consuelan pensando en que al menos volvió a salir a la calle.
Desde que se exorcizó del pasado se siente diferente. En el odio y la venganza encontró nuevos aliados, alicientes para despertarse en las mañanas y levantarse. Una razón poderosa para seguir viviendo.
Margarita lleva un par de días merodeando la casa de Gabriel. Lo ha visto entrar y salir; hablar por teléfono; hacer su cama… Es una suerte que los ventanales sean tan grandes y desde la playa se tenga acceso privilegeado a ellos. Y mientras espera, escondida entre los roqueríos, planea ciento doce mil cuatrocientas formas para destruirle la vida.
La venganza su nuevo oxígeno.