Preocupaciones maternas

– No pienso traerte el almuerzo a la cama, Rita – dijo, corriendo las gruesas cortinas y abriendo los ventanales.  Tenía el ceño fruncido, evidentemente incómoda.

El frío se coló hasta la pieza de Margarita y se estremeció.   Mantuvo los ojos cerrados, fingiendo dormir. Por la luminosidad del cuarto supo que ya eran pasadas las 13 horas.  Últimamente se la pasaba durmiendo y en pijamas.

Laura esperaba intranquila que su hija despertara.  Tenía las manos sobre las caderas y con el pie izquierdo golpeaba impacientemente la madera.

– Rita,  no te hagas la dormida. Te conozco. Levántate ahora mismo – insistió.  Forzaba su dulce voz a que sonara amenazadora.

No estaba realmente molesta, pero actuar actuar con más dureza y frialdad era el consejo que sus amigas le habían dado esta mañana, cuando preocupada les contó que ya no sabía qué hacer con su hija deprimida.

– No tengo ganas de almorzar – masculló Margarita,  hundiéndose más bajo las mantas.

– No se trata de si tienes o no ganas.  Te levantas ahora mismo, porque después de almuerzo vamos a salir – ordenó Laura.  De un fuerte tirón retiró las mantas del cuerpo de su hija.

– ¿Qué haces, loca? – repuso molesta,  ahora sentada en la cama

– Levántate ahora mismo, Margarita –

– ¡No!

Pero la mirada descorazonada de Laura no la dejó ir más lejos con su terquedad. Odiaba que su madre se preocupara demasiado por ella. Odiaba hacerla sentir miserable, porque ya le bastaba con su marido infiel y esas dos hijas altaneras y malagradecidas que no correspondían a su amor incondicional de madre.

Se levantó y fue a ducharse.  En 15 minutos estaba vestida y frente a un plato de lentejas en el comedor.

–  Iremos a ver a la tía Sisí – comentó, mientras servía jugo. Margarita puso los ojos en blanco, pero no dijo nada – No quiero caritas ni hostilidad, ¿ok? Te hará bien salir de tu pieza , tus libros y ese universo en el que te encapsulaste-

– Pensé que te gustaba que dejara de ser tan carretera… –

– Me refería a tus excesos con el trago y la farra, Rita.  Tampoco pretendía que te enclaustraras-

Ambas guardaron silencio. Laura estaba desconcertada y la sensación de impotencia crecía a cada minuto que pasaba en compañía de su hija. Lo más sencillo era creer que estaba deprimida, pero la conocía hace 25 años y nueve meses por lo que sabía que esa criatura de simple no tenía nada.

Margarita tragaba desconcentrada las lentejas.   Se sentía mal al ser la preocupación número uno de su madre, y por más que intentaba no serlo, siempre terminaba convertiéndose en su demonio personal.

Quizás Magnolia y Violeta, la hija mayor y menor, respectivamente, la hacían sufrir con su arrogancia y su rechazo.  Sí, eso era terrible, pero nunca tanto como las lágrimas de Laura cada vez que Margarita caía al  hospital por fracturas, sobredosis, o simplemente por estar deprimida.

–  ¿Crees que soy tu karma, mamá? – preguntó sin levantar los ojos de su plato de lentejas.

Los ojos de Laura fueron invadidos por las lágrimas y antes de que los sollozos no la dejaran hablar se acercó a ella.  La abrazó y la besó en la frente.

– No digas tonteras, Rita… – susurró en su oído. Pero el llanto desconsolado que brotó de ella decía lo contrario.

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