Heart shaped cake

Margarita caminaba en un bosque de grandes árboles y abundantes helechos. Tan tupido era que la luna no lograba entrar en la espesuray todo estaba oscuro y silencioso. Demasiado silencioso incluso para una floresta.

Aún así resultaba cómodo dar pasos a tientas. La emocionaba llegar a pronto a su destino. Sabía que buscaba algo y eso era lo que la motivaba a caminar más de prisa, abriéndose paso entre aquella frondosa vegetación.

Pero a medida que avanzaba sin encontrar más que árboles, la duda se hizo presente y empezó a desesperanzarse.

¿Y si no encuentro lo que busco? ¿Y si estoy perdida? Quizás lo hice mal; quizás no era por aquí… ¿Y si lo que me espera no es algo bueno?… ¿Y si no hay nada esperándome más allá?

Sintió ese dolor lacerante en el pecho y las lágrimas lo volvieron todo demasiado borroroso como para poder continuar la marcha. Margarita cayó de rodillas sobre la tierra mojada.

Ya no estaba alegre ni esperanzada. La opresión en el pecho era tan grande que le costaba respirar y pese a que quería llorar con ganas su cuerpo no respondía.

Pero entonces él tomó sus manos  sucias y las besó. Margarita alzó la vista y se encontró con esa amorosa y cálida mirada.

– Debes seguir caminando, Margarita – le susurró al oído con aquella voz suave y atorciopelada. Una voz desconcertantemente familiar, pese a ser desconocida.

Y de pronto todo vestigio de tristeza se desvaneció. Margarita miró su vestido y ya no habían manchas de lodo sobre la suave tela celeste. Él le sonrió con ternura antes de desaparecer en la oscuridad.

Como si aquella sonrisa fuera una inyección de dicha a la vena, Margarita comenzó a correr alegre por la espesura del bosque.  Feliz, esperanzada, y en paz. Sobre todo en paz…

Entonces se encontró en medio de un claro iluminado por los rayos de la luna. En el centro, sobre una enorme mesa rectangular, un pastel en forma de corazón resplandecía.

Era casi tan grande como la mesa. Al verlo, Margarita sintió tanta hambre y se le hizo agua la boca al desear probar un trozo de aquel bizcocho pintado de rojo, rosa y blanco. Sabría tan dulce y delicioso…

Sin pensarlo más, se lanzó en picada sobre aquella mesa y cayó en el centro del pastel de corazón, recolcándose entre la suave crema y la esponjosa masa. Hundió cada una de las partes de su cuerpo, sintiéndose más feliz que nunca y abriendo , a veces, la boca para probar el manjar más dulce que alguna vez hubiera imaginado…

Cuando despertó, todavía se chupaba los dedos.

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