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La horrible vacuidad

13 mayo 2009

Gabriel desapareció tan rápido como se presentó aquella lluviosa tarde de mayo. Ya van tres años desde aquel encuentro en el que una canción de Sonic Youth sirvió de excusa para que se acercaran.

A Margarita se le revuelve el estómago cuando recuerda. A un año de su partida sigue doliendo. Todo lo que alguna vez la hizo sonreír, ahora tiene un dejo amargo que le envenena la sangre.

–No quiero quererte más de lo que ya te quiero– fue lo último que dijo antes de desaparecer y Margarita está convencida que desde aquel día ya no respira como antes. Ya nada es como antes.

Espero por varios días su regreso. Confíaba plenamente en el amor que sentían el uno por el otro. Pero él no volvió. Al contrario.

A los pocos días lo encontró en el muelle Barón, sentado junto a una chica flaca, morena y de aspecto hippiento. La miraba con una fascinación que jamás había visto en aquellos ojos dorados, y luego escuchó como le decía “no te imaginas cuánto tiempo te he estado esperando, mi vida”.

Al verlos juntos supo que el amor entre ellos era algo incomprensible y poderosamente fuerte. Muchísimo más real y sincero de lo que él sintió alguna vez por ella. Bastó comprobarlo para que los sentimientos se confundieran hasta el punto de quedar irreconocibles.

Perder el amor, los sueños y la esperanza fue demasiado para la pobre Margarita. Cuando se limpió las últimas lágrimas se juró a sí misma jamás volver a pensar en Gabriel. Sería como si nunca hubiera existido. Así lo hizo y entonces vino el vacío.

Esa horrible vacuidad se hizo tan insoportable que deseó la muerte pero ésta jamás se acercó.

Resultó tan insoportable sobrellevar la sensación de nada que comenzó a experimentar la ansiosa necesidad de verse rodeada de gente y de ruido. Llenó sus días de fiestas, falsos amores y excesos de toda índole. Mientras menos consciencia tuviera, mejor para ella.

Por un tiempo no fue capaz de reconocerse frente al espejo. Se le oscurecieron los ojos y su voz dejó ser dulce y musical. De sus labios sólo escapaban groserías y su alma quedó relegada a un segundo plano. Estaba envenenada por la ira, la frustación y el vacío… Sobre todo el vacío.

Pero al octavo mes algo sucedió. Cayó por las escaleras de su edificio y luego nada volvió a ser lo mismo. La impostora desapareció en cuanto su cabeza volvió a estar lúcida y con el regreso de Margarita resurgió el recuerdo de Gabriel.

La tarde está fría y oscura. Margarita, sentada frente al PC, escribe la pesadilla que la despertó esta mañana. En los últimos dos meses, Gabriel es tema recurrente en sus viajes oníricos.

Además de confusión siente miedo. No quiere volver a sentir esa pena que experimentó cuando Gabriel la dejó, pero tampoco quiere volver a bloquearse para olvidarlo. Sabe que, de alguna u otra forma, terminará doliendo.

Entonces, sin quererlo, sus ojos se fijan en la pantalla, justo en el lugar donde dice “el desconocido me sonríe y acaricia mi mano“. Margarita se estremece. En sus sueños se presenta un extraño de rostro inescrutable que la salva, la que la cuida y la ama.

Margarita sonríe. Ese desconocido le resulta tan familiar pese a que ni siquiera puede recordar su rostro. Piensa en lo agradable que se siente cada vez que se aparece en sus sueños. Es tan cómodo sentirlo cerca… Pero se obliga a detener sus sensaciones.

– No existen las personas buenas. No existen, cabra lesa. Recuérdalo si no quieres volver a salir herida – dice con amargura.

Camina hasta la ventana y suspira, pero ese dolor en las costillas que siente desde hace un año no la deja inspirar todo lo que quisiera. Una mueca torcida se dibuja en su pálido rostro. -No entiendo cómo es posible que siga de pie – piensa.