Archive for the ‘madre’ Category

Nuevos planes

29 junio 2009

Margarita ya no tiene una hermosa melena rojiza.  Ahora está media calva y oscureció su cabello.

También dejó de usar maquillaje y, olvidándose de los colores, ahora viste de negro.

Su madre piensa que está en una onda rara, participando de una secta o algo así.  Su padre la observa dubitativo, pero no emite juicio alguno. Ambos se consuelan pensando en que al menos volvió a salir a la calle.

Desde que se exorcizó del pasado se siente diferente.  En el odio y la venganza encontró nuevos aliados, alicientes para despertarse en las mañanas y levantarse. Una razón poderosa para seguir viviendo.

Margarita lleva un par de días merodeando la casa de Gabriel.  Lo ha visto entrar  y salir; hablar por teléfono; hacer su cama… Es una suerte que los ventanales sean tan grandes y desde la playa se tenga acceso privilegeado a ellos.  Y mientras espera, escondida entre los roqueríos, planea ciento doce mil cuatrocientas formas para destruirle la vida.

La venganza su nuevo oxígeno.

Pasado en llamas

24 junio 2009

Durante toda la tarde estuvo recolectando cosas. Cartas, fotografías, cd’s, boletas, imágenes, bufandas, un polerón verde, un par de uñetas, todo aquello que que le recordara a Gabriel.

Fue duro abrirse al pasado; exponerse a todas esas piezas del rompecabezas, a sabiendas que la parte más importante estaba perdida y nunca jamás volvería a estar completo.

Ahí estaba el boleto de micro en el que le pidió pololeo y las entradas de los conciertos a los que fueron y que  pensaban exhibir a modo de cuadro en su hipotética futura casa.

También encontró  algunos calzoncillos, su cepillo de dientes y un cd en el que le grabó tres canciones  que compuso para ella. En el fondo de una gabeta halló una bufanda celeste a medio terminar y un par de cartas que jamás le entregó.

Uno a uno arrastró los objetos hasta un rincón del patio.  A ratos lloraba; a ratos se sentía más muerta que nunca. Le consolaba la remota posibilidad de que esto fuera más que un ritual folclórico.  Había puesto sus esperanzas en que la hoguera de la noche de San Juan se llevara todo eso que deseaba dejar en el pasado.

Su madre presenció el desfile sin decir nada. Tampoco objetó cuando la vio adentrarse en una fría noche de invierno, vestida de riguroso negro y con los ojos llorosos.

Lo último que llevó hacia la oscuridad fue el libro de los Beatles que le compró y que no alcanzó a regalarle. Ese que retiró de la tienda justo el día en que él la dejó y que por varios meses mantuvo oculto bajo la cama, con la esperanza de que él volviera.

Hacía tanto frío que apenas sentía el cuerpo. Nunca había sentido una noche tan helada como ésta… Eso le parecía una señal desesperanzadora, pero no dio pie atrás.

Estaba todo tan oscuro y callado.  Sus pasos solitarios provocaban el ruido de un gentío en medio de esa quietud. A veces, el lamento de un pájaro nocturno la sorprendió, pero no se dejó atemorizar.

Bien lejos de su casa, en lo más remoto del patio, había preparado la pila del pasado sobre un brasero. A las 12 en punto, en medio de esa noche mágica, inició su rito de purificación. Las manos de Margarita temblaban cuando empapó la pila de objetos con parafina.

El chasquilo del fósforo quebró el silencio.  Lloraba con más fuerza cuando lo arrojó sobre el brasero y la hoguera comenzó.

Margarita cayó de rodillas sobre la tierra húmeda, mientras la humareda la envolvía.

Preocupaciones maternas

14 mayo 2009

– No pienso traerte el almuerzo a la cama, Rita – dijo, corriendo las gruesas cortinas y abriendo los ventanales.  Tenía el ceño fruncido, evidentemente incómoda.

El frío se coló hasta la pieza de Margarita y se estremeció.   Mantuvo los ojos cerrados, fingiendo dormir. Por la luminosidad del cuarto supo que ya eran pasadas las 13 horas.  Últimamente se la pasaba durmiendo y en pijamas.

Laura esperaba intranquila que su hija despertara.  Tenía las manos sobre las caderas y con el pie izquierdo golpeaba impacientemente la madera.

– Rita,  no te hagas la dormida. Te conozco. Levántate ahora mismo – insistió.  Forzaba su dulce voz a que sonara amenazadora.

No estaba realmente molesta, pero actuar actuar con más dureza y frialdad era el consejo que sus amigas le habían dado esta mañana, cuando preocupada les contó que ya no sabía qué hacer con su hija deprimida.

– No tengo ganas de almorzar – masculló Margarita,  hundiéndose más bajo las mantas.

– No se trata de si tienes o no ganas.  Te levantas ahora mismo, porque después de almuerzo vamos a salir – ordenó Laura.  De un fuerte tirón retiró las mantas del cuerpo de su hija.

– ¿Qué haces, loca? – repuso molesta,  ahora sentada en la cama

– Levántate ahora mismo, Margarita –

– ¡No!

Pero la mirada descorazonada de Laura no la dejó ir más lejos con su terquedad. Odiaba que su madre se preocupara demasiado por ella. Odiaba hacerla sentir miserable, porque ya le bastaba con su marido infiel y esas dos hijas altaneras y malagradecidas que no correspondían a su amor incondicional de madre.

Se levantó y fue a ducharse.  En 15 minutos estaba vestida y frente a un plato de lentejas en el comedor.

–  Iremos a ver a la tía Sisí – comentó, mientras servía jugo. Margarita puso los ojos en blanco, pero no dijo nada – No quiero caritas ni hostilidad, ¿ok? Te hará bien salir de tu pieza , tus libros y ese universo en el que te encapsulaste-

– Pensé que te gustaba que dejara de ser tan carretera… –

– Me refería a tus excesos con el trago y la farra, Rita.  Tampoco pretendía que te enclaustraras-

Ambas guardaron silencio. Laura estaba desconcertada y la sensación de impotencia crecía a cada minuto que pasaba en compañía de su hija. Lo más sencillo era creer que estaba deprimida, pero la conocía hace 25 años y nueve meses por lo que sabía que esa criatura de simple no tenía nada.

Margarita tragaba desconcentrada las lentejas.   Se sentía mal al ser la preocupación número uno de su madre, y por más que intentaba no serlo, siempre terminaba convertiéndose en su demonio personal.

Quizás Magnolia y Violeta, la hija mayor y menor, respectivamente, la hacían sufrir con su arrogancia y su rechazo.  Sí, eso era terrible, pero nunca tanto como las lágrimas de Laura cada vez que Margarita caía al  hospital por fracturas, sobredosis, o simplemente por estar deprimida.

–  ¿Crees que soy tu karma, mamá? – preguntó sin levantar los ojos de su plato de lentejas.

Los ojos de Laura fueron invadidos por las lágrimas y antes de que los sollozos no la dejaran hablar se acercó a ella.  La abrazó y la besó en la frente.

– No digas tonteras, Rita… – susurró en su oído. Pero el llanto desconsolado que brotó de ella decía lo contrario.