Archive for the ‘niñerías’ Category

Pasado en llamas

24 junio 2009

Durante toda la tarde estuvo recolectando cosas. Cartas, fotografías, cd’s, boletas, imágenes, bufandas, un polerón verde, un par de uñetas, todo aquello que que le recordara a Gabriel.

Fue duro abrirse al pasado; exponerse a todas esas piezas del rompecabezas, a sabiendas que la parte más importante estaba perdida y nunca jamás volvería a estar completo.

Ahí estaba el boleto de micro en el que le pidió pololeo y las entradas de los conciertos a los que fueron y que  pensaban exhibir a modo de cuadro en su hipotética futura casa.

También encontró  algunos calzoncillos, su cepillo de dientes y un cd en el que le grabó tres canciones  que compuso para ella. En el fondo de una gabeta halló una bufanda celeste a medio terminar y un par de cartas que jamás le entregó.

Uno a uno arrastró los objetos hasta un rincón del patio.  A ratos lloraba; a ratos se sentía más muerta que nunca. Le consolaba la remota posibilidad de que esto fuera más que un ritual folclórico.  Había puesto sus esperanzas en que la hoguera de la noche de San Juan se llevara todo eso que deseaba dejar en el pasado.

Su madre presenció el desfile sin decir nada. Tampoco objetó cuando la vio adentrarse en una fría noche de invierno, vestida de riguroso negro y con los ojos llorosos.

Lo último que llevó hacia la oscuridad fue el libro de los Beatles que le compró y que no alcanzó a regalarle. Ese que retiró de la tienda justo el día en que él la dejó y que por varios meses mantuvo oculto bajo la cama, con la esperanza de que él volviera.

Hacía tanto frío que apenas sentía el cuerpo. Nunca había sentido una noche tan helada como ésta… Eso le parecía una señal desesperanzadora, pero no dio pie atrás.

Estaba todo tan oscuro y callado.  Sus pasos solitarios provocaban el ruido de un gentío en medio de esa quietud. A veces, el lamento de un pájaro nocturno la sorprendió, pero no se dejó atemorizar.

Bien lejos de su casa, en lo más remoto del patio, había preparado la pila del pasado sobre un brasero. A las 12 en punto, en medio de esa noche mágica, inició su rito de purificación. Las manos de Margarita temblaban cuando empapó la pila de objetos con parafina.

El chasquilo del fósforo quebró el silencio.  Lloraba con más fuerza cuando lo arrojó sobre el brasero y la hoguera comenzó.

Margarita cayó de rodillas sobre la tierra húmeda, mientras la humareda la envolvía.

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Labores

17 mayo 2009

Margarita teje un edredón azul.

Sentada en un rincón de su cuarto, juntó las madejas de lana gruesa y comenzó a hurdir el tejido con el que espera abrigarse este invierno.

Se siente bien mientras ocupa su cabeza en cualquier cosa que no sean sus tormentos. Con delicadeza y concentración mueve sus pálidas manos, buscando puntos perfectos y paz en aquellas labores.

Eligió el color azul porque así se siente, pese a no estar muy segura de lo que ello signifique. A veces, entre punto y punto, de los ojos de Margarita caen lágrimas.  El resto del tiempo intenta, con gran esfuerzo, dejar de lado las emociones…

Alguna vez sintió que su vida era un eterno naranja. Otra, que sus días eran un sueño púrpura. Esos fueron días felices; fantásticos e irreales como le gustaba identificarlos.

Pero hoy todo era distinto y las cosas oscilan del azúl claro hasta un tétrico color océano, y pareciera que incluso después de la tormenta no encontrará la paz.

Triste como se encuentra, Margarita luce como una flor marchita.

Agua

26 enero 2009

Anoche Margarita soñó que repartía agua a niños que correteaban en la plaza Victoria.

Cargaba una especie de cooler gigante en cuyo interior abundaban botellas multicolores. Los  niños gritaban felices y corrían de un lado a otro en una especie de “pinta” veraniega.  Otros se columpiaban. No había adultos, sólo ella.