Archive for the ‘pendejerías’ Category

Labores

17 mayo 2009

Margarita teje un edredón azul.

Sentada en un rincón de su cuarto, juntó las madejas de lana gruesa y comenzó a hurdir el tejido con el que espera abrigarse este invierno.

Se siente bien mientras ocupa su cabeza en cualquier cosa que no sean sus tormentos. Con delicadeza y concentración mueve sus pálidas manos, buscando puntos perfectos y paz en aquellas labores.

Eligió el color azul porque así se siente, pese a no estar muy segura de lo que ello signifique. A veces, entre punto y punto, de los ojos de Margarita caen lágrimas.  El resto del tiempo intenta, con gran esfuerzo, dejar de lado las emociones…

Alguna vez sintió que su vida era un eterno naranja. Otra, que sus días eran un sueño púrpura. Esos fueron días felices; fantásticos e irreales como le gustaba identificarlos.

Pero hoy todo era distinto y las cosas oscilan del azúl claro hasta un tétrico color océano, y pareciera que incluso después de la tormenta no encontrará la paz.

Triste como se encuentra, Margarita luce como una flor marchita.

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Resaca

27 enero 2009

Anoche, Margarita y P. abrieron una botella de vino para superar la nostalgia por Gabriel.

En eso estaban cuando se embriagaron.  Lo bueno es que la pena se convirtió en una terrible resaca.

Notalgia absurda e inexplicable 1

26 enero 2009

La culpa fue del azar.  En su playlist apareció el cover que John Frusciante hace de “How can i tell you” y bastó el primer verso para que Gabriel volviera a su memoria.

¿Qué será de él?, pensó Margarita, mientras recordaba las mañanas en las que despertó con los acordes de su vieja guitarra de palo. Esos días en los que aún todo era tan fantástico e irreal.

 – Perdóname, pero no puedo evitarlo – encabezó el mail que lo cambió todo ese  triste martes de junio – Ella me hace reír, me divierte.  Y tú, mi pequeña margarita, estás siempre tan triste.  Dos seres atormentados no podemos estar juntos.  Lo mejor es dejarnos partir –

Casi ocho meses habían pasado desde ese terrible día, pero las palabras aún le clavaban una fría estocada en el pecho.  Comenzó a llorar.  Extrañó sus besos con sabor a miel, sus manos siempre tibias, sus canciones…  

Lloraba fuerte y sus compañeros de oficina la miraron con expresión de tedio.  -Otra vez se acordó del hueón que la pateó hace mil años – comentó uno.

Pero era inevitable el sufrimiento, especialmente porque a veces se sorprendía queriéndolo con ella otra vez.